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¡Brevet de Aviador Militar, una ilusión hecha realidad!

  • Foto del escritor: Luis Alberto Briatore
    Luis Alberto Briatore
  • 1 nov 2019
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 2 nov 2019



Normalmente cuando somos proyectos de piloto y dista mucho de llegar a serlo, volamos muy pero muy alto, en vuelos de un largo alcance, la novedad es que precisamente no lo hacemos con un avión, nuestra enorme imaginación hace lo posible para que esos pensamientos voladores tengan la suficiente sustentación que permita el perdurar en el tiempo, soñando con esa idea fija, la que direcciona nuestra brújula de la ilusión hacia una hermosa profesión y que para muchos llega a ser un verdadero estilo de vida. Si tenemos la férrea convicción de navegar ese cielo azul que nos está esperando con mucha paciencia existen diversidad de rumbos por tomar, ninguno de sencilla realización, de hecho, muchos de los que aspiran a esta linda y duradera aventura quedan en el camino, y aun con un sabor a frustración, siguen adorando lo que no pudieron llegar a ser y todo aquello que lo rodea, una verdadera adicción a lo aeronáutico.

Surcar el cielo no es sencillo, la tenacidad es imprescindible, debemos tener condiciones para lograrlo, perseverancia en conseguir la innumerable concatenación de objetivos y un esfuerzo supremo, virtudes que deben ser acompañadas de una sabia orientación que nos asegure dirigirnos hacia el rumbo correcto, además, siempre es necesaria una cuota de fortuna. Cada piloto tiene objetivos y gustos distintos, la recreación, competir, dedicarse a la aeroaplicación, llegar a pilotear un avión de línea, o defender La Patria desde el cielo celeste y blanco. Quien les escribe con mucho orgullo pertenece al último grupo, que no es mejor ni peor que los otros, ya que si bien todos volamos en entornos distintos, nuestro tesoro y factor común, es el “espíritu aeronáutico” que nos une, el que nos permite compartir vivencias hablando el mismo idioma y empleando los mismos códigos sin habernos visto nunca, y que forma parte de nuestra alma compuesta de una esencia distinta a cualquier otra profesión. Volviendo a mi derrotero aeronáutico y cajón de los recuerdos, les puedo asegurar que los pilotos militares tenemos muchos momentos grabados en nuestra mente, pero uno en particular se destaca por tratarse algo muy deseado, me estoy refiriendo a la entrega del “Brevet de Aviador Militar.

Una vocación tan especial y difícil de cristalizar por diferentes factores; grandes cambios afrontados a una temprana edad, adaptación inmediata a una estricta disciplina, surcar un camino plagado de diferentes exigencias, y un cúmulo de desafíos que parecen a la distancia imposibles de alcanzar, pero cuando son superados con esfuerzo hacen que el disfrute interno y silencioso nos llene el alma totalmente de una felicidad sana y plena que nos llama a seguir adelante.

Llegar a ser Aviador Militar luego de cuatros años muy trabajosos, donde el sacrificio siempre estuvo presente, hace que ese momento mágico se viva con una plenitud máxima, una alegría tan intensa que fija nuestro pensamiento en las tan ansiadas alas de cóndor doradas. El deseo prolongado que se concreta en ese preciso momento, fruto de la impronta personal, de una familia que acompañó siempre, de muchos que colaboraron en nuestra formación, hacen que el goce sea pleno. Desde este día imborrable, nuestro pecho inflado de orgullo y valor, luce para toda la vida las alas de cóndor, las que simbolizan el amor, la lealtad, la fidelidad a la Patria, y el deber de seguir constantemente su bandera y defenderla hasta perder la vida. Este momento es de alegría, reflexión y fortaleza, donde comenzamos a apreciar la verdadera dimensión de pertenecer a una Institución tan gloriosa y de ser elegidos como defensores de los cielos de “La Patria”.

Quedo atrás un año muy duro y con una terrible incertidumbre al no saber si luego de cuatro años de muchísimo sacrificio cumpliríamos con nuestro objetivo y sueño, llegar a ser Aviador Militar de la Fuerza Aérea Argentina. Día memorable, recibimos nuestro sable como Oficiales de la Patria y nos anoticiábamos de nuestro primer destino a una Unidad Operativa. A pura emoción, la mente a velocidad supersónica tratando de procesar todo lo que está pasando, muchos recuerdos se hacen presentes, y a la vez, imaginando el futuro próximo como piloto operativo de un Sistema de Armas, ¡algo totalmente increíble para un novel piloto que luce ese hermoso brevet de Aviador Militar!

Con solo 20 jóvenes años, vivimos un presente hermoso lleno de expectativas, no se puede pedir más, todo lo que habíamos recibido nos compromete y deja inmersos dentro de una gran responsabilidad y compromiso. De allí en más, como noveles Oficiales y Aviadores Militares, tenemos el deber de dar testimonio acerca de lo aprendido, obrar conforme a nuestros valores, ser un ejemplo en el actuar y estar para siempre al servicio de nuestra amada Patria.

En mi caso, fui destinado junto a una veintena de entusiastas compañeros de la Promoción 47 a la cuna de la Aviación de Caza, la IV Brigada Aérea, ubicada en tierras impregnadas de historia y precursores de la aeronáutica nacional, en “El Plumerillo”, Provincia de Mendoza. Allí nos esperaba una bienvenida siguiendo al pie de la letra nuestras ricas tradiciones cazadoras, día que nunca deberíamos olvidar, ¡y así fue realmente!

En poco tiempo gritaríamos por vez primera, esa frase que nos identificaría y acompañaría a lo largo de nuestra vida como verdaderos Cazadores; “NO HAY QUIEN PUEDA”.


 
 
 

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