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Combate en un M-IIIE vs a un AV-8S Harrier, ¡igualito a los de Malvinas - Parte 2

  • Foto del escritor: Luis Alberto Briatore
    Luis Alberto Briatore
  • 14 dic 2019
  • 13 Min. de lectura

Actualizado: 28 dic 2019

Parte 2



Estábamos disfrutando tanto, y  como si esto fuera poco, ¡llegaron los Harrier o  mejor llamado: “El Matador” de la Armada Española!

Todo transcurría muy rápido para nuestro gusto, y ninguno de los cazadores argentinos deseábamos que se termine esta atrapante historia de la aviación hispano-argentina !que en lo personal, era lo más parecido a una fascinante realidad virtual!

En una de las últimas semanas en tierras valencianas, siguiendo la rutina matinal y luego de un sustancioso desayuno a la española, en momentos que corrían las primeras horas de la mañana, pique en punta rumbo al Escuadrón, y al entrar al hall principal, ¡observo extasiado una increíble e inesperada sorpresa! Detrás de un ventanal gigante que daba directo a la plataforma de la Primera Línea, con fondo a la pista. había un detalle que no estaba el día anterior, ¡me refregaba los ojos por algo que parecía irreal, y que me costaba creer al verlo! Como si se tratara de un espejismo, estacionados como hermanitos tomados de la mano, impactantes, uno al lado del otro, ¡allí estaban!, eran 6 aviones de un peso específico emocional muy grande para cualquier piloto argentino. Con la ñata contra el vidrio, ¡como la canción! en un silencio sepulcral, ¡yo los miraba a ellos y ellos me miraban a mí!, se trataba de aviones AV-8E Harrier de la Armada Española, llamado por los pilotos navales españoles, “El Matador”. Ante mi grata sorpresa, tenía al mismo avión que fuera el principal enemigo aéreo y pesadilla para los pilotos de la Fuerza Aérea Argentina en el conflicto por nuestras Islas Malvinas, salvando las diferencias del caso, ¡aquí eran volados por guerreros españoles, nuestros amigos de la querida Madre Patria!

Ante esta nueva situación, la lamparita criolla se encendió de inmediato: ¡estábamos frente a una oportunidad única, sin posibilidad de despreciarla!, por un lado, conocer con más profundidad a estos magníficos y tan especiales aviones que tantos dolores de cabeza y daño nos habían provocado en las Islas Malvinas, y por otro lado, tratar por todos los medios de llegar a concretar un combate aire–aire contra “El Matador”, y confirmar mediante una buena revolcada en el aire bien a solas, lo que sabía acerca del tipo de combate que debía hacerle un Mirage M-IIIE para neutralizarlo, aplicando una receta contra el letal Harrier, que permitiera vencerlo.


Se presentaba una gran oportunidad



Recuerdo que ni bien llegaron los pilotos de la Armada Española, ¡los encaré de una!, buscaba solo un objetivo atrevido inicial: ¡lograr un rápido amable contacto con ellos! El primer encuentro fue muy cordial, no pudieron reaccionar de mejor manera, se mostraron muy abiertos y macanudos ante estos curiosos pilotos gauchos.

Acudiendo a mi frondosa imaginación, ¡elucubraba!: estos guerreros de la Armada Española, al encontrarse sin previo aviso, con pilotos de combate argentinos, seguramente nos asociaron con los antecedentes bélicos no tan lejanos del conflicto en el Atlántico Sur, el que involucraba directamente al avión que volaban. Situación que llevaba a pensar, la existencia de un interés especial por saber más acerca del Harrier, excusa para imponer la iniciativa.

Nuestras expectativas eran más que importantes, ¡sucediendo justo lo que esperábamos! Desde que nos conocimos, nunca pusieron trabas en referirse al tipo de combate que les convenía frente a un Mirage como el nuestro, entablando varias de esas tantas charlas fructíferas de bar entre pilotos de combate, las que suelen ser más que entretenidas y nutritivas, ¡y esta en particular, lo era más aun! Distendidos, con un cafecito de por medio,  intercambiamos tanto anécdotas, como así también, vivencias guerreras, sin faltar esos conceptos y cuasi secretos bien interesantes acerca del dogfight o lucha de perros entre estos aviones, detalles más que interesantes, los que fluían de manera muy natural en un ambiente invadido por el espíritu de la confraternidad cazadora, la que no tiene fronteras.

Tan grata visita a nuestra Base estaba atada a una justificación operativa, venían a un ejercicio de tiro sobre el mar, teatro de operaciones natural de estos aviones tan particulares,  práctica que iba a tener lugar mar adentro, con vista a la hermosa costa valenciana.


¡Sorpesa!



Por “fortuna”, además de los experimentados pilotos operativos, también formaban parte de este grupo de pilotos, un par de pichones aprendices que buscaban dominar al poderoso AV8-E, causa por la cual, de los 6 aviones, uno era biplaza: ustedes se deben preguntar, ¿por qué al comienzo del párrafo, exprese enfáticamente, por fortuna?: ¡Estaba ante una posibilidad única e irrepetible, la de volar semejante y emblemático avión!

En esta situación donde hay tanto en juego, no queda otra que ser diplomáticamente, entre correcto y caradura. Como primera maniobra ofensiva, tire el primer lance, o lo que llamamos vulgarmente en nuestro país, “mangueada” (significa pedir algo, en lunfardo porteño). Encaré de una al Jefe de Escuadrilla, un Capitán de Corbeta muy macanudo y abierto desde el mismo momento de haberlo conocido, empleando tácticas que incrementaran la confianza mutua. Con la mejor cara de póker, busqué el momento propicio, para pedirle volar en el biplaza como paquete (en el puesto trasero), el que con un gesto de caballero español y mucha amabilidad,  accedió al instante de habérselo dicho, diría mi hijo: ¡“este tipo es un verdadero capo”!

Siguiendo los pasos de rigor y la verticalidad que nos caracteriza, teniendo en cuenta que se trataba una actividad no prevista, solicito la autorización correspondiente dentro del Ala 11, y como no podía ser de otra manera, al otro día me encontraba sentado y bien atado en el puesto trasero de un Matador.

Un vuelo diferente



Este fue uno de esos vuelos emblemáticos en tu historia de vida aeronáutica. Lo primero que me impactó al subirme a este AV-8 biposto, fue el cockpit, era muy amplio y más confortable que el de mi avión, además, disponía de una buena visibilidad, detalles importantes en cuanto a la comodidad que debemos tener para movernos dentro de una cabina en pleno el combate aire-aire. Cuando la sangre circulaba por las venas de este pájaro de metal, dándole vida a todos sus sistemas, comenzamos a rodar, y esto fue lo último tradicional que hizo. A partir de allí comencé a ver algo distinto y que sorprende, esos detalles que lo hacen tan atractivo y distinto a la vez. La primer sorpresa fue el despegue, que si bien no fue vertical, algo que solo hacen en demostraciones o por extrema necesidad operativa, por el gran esfuerzo en temperatura que soporta ese potente motor, al chupar en este tipo de operación, solo aire caliente que acaba de salir de su propia turbina. La acción de abandonar el piso, tuvo lugar en una distancia súper reducida, gracias a la ayuda del elemento que lo hace distinto entre sus pares, “el empuje vectorial” (toberas móviles que  pueden dirigir el empuje del motor en una dirección distinta a la paralela al eje longitudinal del avión), una capacidad muy importante, empleada en la actualidad en toda la envolvente de vuelo, por muchos aviones de última generación.

Ya venía excitado por todo lo que estaba viviendo, en la mismísima cuna de la Aviación de Caza española, el Ala 11, pero este era un caso distinto, se trataba de en una experiencia totalmente inédita e inesperada, volando un avión único por aquellos tiempos, quien había sido en el principal enemigo aéreo, en el Conflicto por nuestras Islas Malvinas ¡sonaba todo como a demasiado!


¿Volar en un Harrier?



Ni bien la Bestia dio motor al 100 % de potencia y el Capitán de Corbeta aflojo la presión sobre la punta de los pedales, El Matador comenzó a empujar con tal magnitud, que mi cuerpo se estampillo contra el respaldo del asiento eyectable, transformando a mi espalda en una tabla perfecta. Apenas comenzó a correr, y en muy pocos metros, con un movimiento mágico de toberas, las que observe fueron accionadas por una palanca, el Matador comenzó a elevarse  casi como un helicóptero, ¡algo totalmente inusual! En segundos, al mejor estilo que un “trasformer”, se convirtió en un avión normal, acelerando  de forma impresionante, todo gracias a un gran protagonista, el motor sin postcombustión con más empuje del planeta por aquellos días, el Pegasus Mk2, con 9300 kg de empuje, para que puedan compararlo, el Mirage M-IIIE cuenta con 4300 kg con motor seco y 6200 kg con postcombustión.

Una vez que nos encontrábamos sobre el mar, con rumbo al sector de trabajo, recibí un inesperado regalo más de este Aladino trasformado en piloto naval: los comandos de vuelo para dominar a este animal de avión, situación que continuó a lo largo de todo el vuelo. El llevar el avión permitió sentir en mi cuerpo la performance del AV-8E. Ascendimos a la altura donde tiene lugar un combate, y comenzamos a cerrar fuerte en la horizontal, donde con ayuda del empuje vectorial aplicándolo a full, El Matador describía un radio de viraje muy pequeño, maniobra donde era imbatible.  Otra triquiñuela que podía sacar de la galera este avión y que practicamos en segundo lugar, consistía en perder velocidad abrúptamente durante una curva de persecución defensiva,  haciendo pasar al frente en segundos a un adversario que venía con ventaja y no estaba muy atento. Todos los aviones tienen alguna debilidad, y su lado flaco era el vuelo a niveles superiores a los 25.000 pies (7620 metros), altitud donde la performance se degradaba de manera considerable y hacia donde había que llevarlo para obtener una ventaja. 

Como se podrán imaginar, este vuelo para nada era turístico, estaba experimentando en carne propia, debilidades y fortalezas. Por lo volado, el combate con esta máquina no se podía definir ni a baja ni a mediana altura, y menos cometer la osadía de intentar un combate a baja velocidad y menos con maniobras horizontales, terreno donde se movía con clara superioridad.

Mientras disfrutaba el uso de unos hermosos comandos, iba practicando diferentes maniobras a mi solicitud con un acompañamiento más que didáctico, todo gracias a que en el puesto delantero volaba un Instructor de Vuelo naval con todas las letras. Pasaban los minutos y los datos útiles se iban acumulando en mi software mental, los que serían empleados en el próximo pedido a este amable y dispuesto oficial de la Armada Española.

 

Se terminaba el vuelo y nos trasformamos en calabaza



Como si nada, ya había pasado casi una entretenida hora de vuelo, al momento el combustible no sobraba. Sin pensarlo mucho, nos dirigimos directo al aterrizaje, donde el Matador que aproximaba velozmente, como lo hace cualquier avión de combate, ¡de repente!, mediante el uso del empuje vectorial, y próximo a la pista, fue bajando rápidamente la velocidad hasta llegar a valores muy bajos, ¡por no decir ínfimos!, en comparación a lo que estaba acostumbrado con nuestro veloz Mirage. El toque tuvo lugar muy cerca del peine. En una demostración más, de esta extraña y efectiva performance, el AV-8E se encontraba dominado, solo en 100 metros, ¡hecho que sucedió, sin esforzar mucho la máquina!

Como anécdota, y en relación a esta modalidad tan distinta de aterrizar, el día anterior este piloto mientras platicábamos comentó, que un avión Harrier, había sufrido una emergencia en el Mar del Norte, en medio de condiciones meteorológicas marginales, y ante la imposibilidad de llegar al portaviones, el piloto lo pudo posar sobre un barco portacontenedores que encontró circunstancialmente por el camino, evitando tirar un avión al mar, ¡detalle para el asombro!

¡Cada minuto era importante, queríamos aprovechar lo último que quedaba en el fondo del tarro, hasta dejarlo bien limpito!

Por todo lo vivido, el comportamiento deseable de nuestra parte tendría que ser: ¡ya recibimos demasiado, no pidamos nada más!, pero como estábamos rodeados de amigos cazadores, los que seguramente, y con buenas intensiones, estaban pensando, como dice un refrán de este sensacional país:  “.... dale la mano a estos argentinos y se tomarán hasta el codo”, los que no tuvieron en cuenta la inercia arrolladora que traíamos, y no nos quedo otra que aplicar este famoso refrán, queda un último pedido: ¡la frutilla de postre!


¡Teníamos que cumplir un último sueño bien argentino, volar combate contra un Harrier igualito al que los ingleses operaron en las Islas Malvinas!


Para no atosigarlo, y en uso de la confianza bien ganada en un cálido ambiente de camaradería, recién al día siguiente, y luego de una conversación amigable, busqué un momento de debilidad sentimental de mi amigo, y allí pude dar la estocada final, preguntándole al Jefe de Escuadrilla: ¿Existe la posibilidad de cumplir un tema de combate contra uno de sus aviones vs un Mirage M-IIIEE, piloteado por un piloto argentino? Nunca vi personas tan buenas y fáciles para acceder a los deseos gauchos que estos majos españoles. Mientras se lo preguntaba, surgió un interrogante relacionado a mi actuar: ¿Era muy convincente al expresarme, o me veían muy desesperado y accedían a mis deseos por caridad operativa? Luego de partir de mis labios la pregunta más importante, este fighter casi sin pensarlo, dio un inmediato OK a esta honesta propuesta, aclarando: ¡que el vuelo estaba sujeto a disponibilidad de material! Información que transmití a mis mandos directos, como ya era habitual, los que siguiendo lo que era una conducta, continuaban aprobando muy amablemente y sin problemas, todo lo solicitado.

Les confieso que esa noche fue muy difícil de transitar, rompiendo el promedio estándar para estos casos, di muchísimas vueltas en la cama, el motivo, una gran emoción y nerviosismo me invadía, ¡y no era para menos! estaba frente una posibilidad única e inédita, tratándose de un piloto de combate que venía de las lejanas y remotas pampas argentinas.

Estaba todo listo

Al día siguiente, gracias al Oficial de Operaciones que coordinó el esperado e impensado vuelo, la salida de combate estaba escrita en el plan de vuelo, ¡frente a la pizarra aluciné ver esas letras en color dorado! Mientras leía el nombre de mi compañero y el mío junto al del piloto naval, sentí mucha emoción, ¡más no podíamos pedir!

Busqué a nuestro circunstancial adversario, concertando horario y lugar del briefing, se trataba de una importante reunión donde se coordinan todos los detalles, celebrada momentos antes de partir juntos al aire.

Una vez que ultimamos todos los detalles y coordinamos como iba a ser el guiado radar, abandonamos el Escuadrón juntos, como si fuéramos hermanos de sangre. Nos vestirnos de guerreros, siguiendo el típico ritual previo a esta interesante y tan particular contienda, mientras nos vamos poniendo en situación. 

Los elegidos para esta lucha de titanes en el aire, eran 2  M-IIIEE, los que bajo sus triangulares alas portaban 2 tanques de 500 litros supersónicos, además, de 1 misil infrarrojo por plano Vs 1 A-V8 E igualito al Harrier inglés, configurado sin tanques eyectables. Al mando de las naves, 2 pilotos argentinos que enfrentaban a un piloto naval español, al que recuerdo perfectamente por su contextura física notable, poco comparable a nuestro humilde físico estándar. 

Mientras caminábamos con casco en mano hacia lo aviones, la charla continuaba de manera distendida, aclarando diplomáticamente, en una de las últimas frases compartidas: que la intensión del vuelo era aprender, sin dejar de lado la esencia de un combate de estas características, donde la agresividad debía convivir con la premisa más importante, la “seguridad”, debiendo ponerle límite a la pasión desenfrenada que nos invade al combatir, neutralizándola en la medida justa,  mediante el uso de la cordura aeronáutica y el  buen criterio.

Habíamos coordinado oportunamente con el control radar la zona de vuelo, frecuencias de radio, los niveles a utilizar antes del cruce por cada bando. La separación tuvo lugar en medio de una plataforma llena de aviones, cada uno fue camino a la matricula asignada. La asistencia estaba a cargo unos amables, fornidos y aguerridos mecánicos españoles, con idéntico trato y garra miragera que los nuestros.

Faltaba menos para salir a la arena, que no era la del circo romano, sino un campo de batalla llamado sector de vuelo, situado en algún lugar de la costa valenciana, sobre el hermoso Mar Mediterráneo, ¡todo un lujo de ringside!


¡A volar se ha dicho!


Luego de poner los motores en marcha, en minutos nos encontrábamos rodando uno detrás del otro, separados a unos 50 metros entre avión. Los sonidos de dos turbinas totalmente distintas se mezclaban creando una nueva y novedosa melodía, se trataba de la música previa, a un combate muy esperado y poco anunciado.

Los 3 aviones nos encontrábamos posados en la cabecera en una perfecta línea oblicua, y con todo listo, mediante una simple seña batiendo dos dedos, en simultáneo, tres manos izquierdas vestidas con guante verde, llevaron el acelerador en un movimiento rápido hacia adelante. Las estructuras de los bólidos vibraban por igual, la sumatoria de potencias hacia mella en nuestro cuerpo que sentía esa furia hecha empuje contenido. Las turbinas estaban a pleno, ¡los aviones querían despegar! En primer lugar como un helicóptero, de esos que tienen tren de aterrizaje, despega el potente AV-8 E, con un corto y rápido carreteo se encontraba en el aire y 20 segundos más tarde, le tocaba el turno a 2 gauchos, los que al mando de Planchetas bien españolas, despegaban mas tendido en una perfecta formación bien cerrada, todo este magnífico espectáculo, en medio de un rugido ensordecedor, mostrando a propios y ajenos, una hermosa postal bien operativa.

Una vez alcanzado los 450 nudos (833 km/h), iniciamos un viraje por izquierda hacia el mar, pasando por encima de la albufera valenciana (laguna de agua salada), para luego superar la línea de costa del bello Levante. Al mismo tiempo el AV-8E, que se encontraba unas millas adelante de nuestra posición, y a la vista, comunicaba abandonarnos, pasando a frecuencia de radar. En poco tiempo observo a El Matador que cambia el rumbo, perdiéndose en la inmensidad del mar.

Con rumbo general Sudeste, penetrábamos en un Mar Mediterráneo totalmente planchado, sin olas. Mientras ascendíamos observábamos varias líneas blancas bien rectas en el cielo, estelas de condensación de todo tipo de grosor, se trataba de vuelos que iban y venían por la aerovía que unía a Valencia con la meca del vuelo comercial español, el Aeropuerto Internacional de Barajas.

Ingresando a la zona de trabajo

Una vez ingresados al sector de vuelo, ya nos encontrábamos en contacto con nuestro operador radar, el que nos ordena colocar un rumbo de alejamiento para separarnos lo suficiente del agresor. Hacemos un último control de parámetros, en momentos que destrabo el arnés,  giro  el cuerpo de un lado al otro, probando estar bien libre de movimiento y confortable en una cabina donde el espacio no sobra. Armamos el panel de armamento mientras escuchamos las instrucciones radiales de Pegaso, que no era el caballo alado, sino la voz del control radar.

A 50 MN (92,6 km) del target, volando bien juntos intencionalmente, buscando simular 1 solo eco, la respiración se iba acelerando, signo que la adrenalina comenzaba a jugar su parte, inyectando la dosis justa, para sentir al mismo tiempo,  excitación y coraje. Las Planchetas bien pegadas, como si fuesen una sola, se desplazaban como flechas a 15.000 (4.572 metros) de altitud y Mach 0.9 (1.111 km/h). Terminábamos de ver el ultimo pedacito de mar, gracias una capa de nubes que venía  entrando desde el lado de las Islas Baleares, por el Este, en momentos que nos ordenan colocar rumbo 110º.

Con una velocidad relativa mayor a 2000 km/h, nos encontrábamos perfectamente enfrentados y a menos de 3 minutos de cruzarnos, cuando el radar indica: blanco a las 11 a 35 millas, levemente por debajo.


Pensamientos repentinos, mientras el vuelo fluye


No era un vuelo más, estábamos frente a una oportunidad irrepetible. No se trataba de volar impregnados por un rencor contra un avión que nos lleno de muerte en Malvinas, del otro lado había un amigo español, el que nos brindó con un gesto muy noble, esta impensada posibilidad. Debíamos aplicar lo que sabíamos, empleando nuestra experiencia, creatividad y el espíritu cazador que nos caracteriza.  Conocíamos bastante de nuestro adversario y las condiciones para enfrentarnos eran de igualdad, muy diferente a lo sucedido sobre las gélidas aguas del Atlántico Sur, hacía  no más de una década. El simbolismo de este combate era muy fuerte, el solo pensarlo,  daba para que salten varias lágrimas en pleno vuelo. Todas estas ideas y locuras se iban cruzando en la cabeza mientras nos acercábamos a una velocidad relativa de casi Mach 2. Faltaba poco para el cruce, y la mano izquierda se encontraba lista y firme para quebrar el acelerador, colocando poscombustión máxima, mientras la derecha, rodeando la parte superior y anatómica de la palanca de comandos, estaba en apresto para cerrar con fuerza cuando fuese necesario, y la vista, inmersa en la pantalla del radar Cyrano II, buscando detectar al incursor. En un estado que podemos llamar: “de máxima concentración”.


 La historia continuará dentro de 7 cortos días………

 
 
 

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