EN PRIMERA PERSONA: EYECCIÓN… ¡UNA EXPERIENCIA DIFÍCIL DE OLVIDAR! PARTE 2
- Luis Alberto Briatore

- 28 mar 2020
- 10 Min. de lectura
Algo malo esta por suceder Ya tenía el vuelo en la manga, solo faltaba el último chequeo, el del tren de aterrizaje. Con menos de 240 nudos / 445 km/h, bajo la palanca de tren. Espero el sonido característico al salir fuera del fuselaje semejante fierrerio, acompañado de un movimiento provocado por el importante cambio aerodinámico, ¡y no sucede nada! Un silencio no esperado y preocupante es percibido instantáneamente, ¡Evidentemente el tren no había bajado! Las luces del indicador permanecen todas apagadas. En un breve lapso de tiempo, se enciende la luz roja del Hidráulico 1, en breve, comienza a sonar correspondiente alarma sonora ¡Nos encontrábamos en problemas, o mejor dicho, en emergencia de hidráulico! Estaba faltando esa sangre, llamada liquido hidráulico, que bajo alta presión, mueve casi todo en el avión, y también, el tren de aterrizaje en operación normal. Al toque, informo la novedad al Director de Vuelo, piloto que se encuentra en la Torre de Vuelo supervisando y asistiendo a los aviones Mirage en vuelo. Reporto que el tren no baja por el sistema normal, la falta de presión en el Hidráulico 1 y la luz correspondiente encendida. Luego, informó que procedo a bajar el tren en emergencia ¡opción que en teoría nunca falla! Con la palanca de accionamiento normal abajo, tiro enérgicamente la manija del tren de emergencia ¡Y sucede lo inesperado, o mejor dicho, lo menos deseado! Nuevamente, el silencio invade la cabina, sumado a que las luces de tren, tanto las que indican patas como tapas, seguían apagadas. A esta compleja situación, se suma el parpadeo de la luz del Sistema Hidráulico 2, sumado al sonido de la alarma sonora. En cuestión de segundos esta luz queda encendida en forma permanente. Casualmente, el tren de emergencia utiliza presión del circuito 2 de Hidráulico, al no existir presión en este sistema, el tren de aterrizaje nunca iba a bajar. Actualizamos situación · Sistema Hidráulico 1: Luz HYD 1 encendida, baja presión hidráulica y comandos de vuelo asistidos por un depósito emergencia, que contiene 9,5 litros de líquido hidráulico. Reservorio colocado muy inteligentemente por el fabricante para mantener operativos los comandos de vuelo, ante la falla de los 2 sistemas hidráulicos. Novedad que imposibilita bajar el tren por el sistema normal. · Sistema Hidráulico 2: Luz HYD 2 encendida por falta de presión hidráulica, novedad que imposibilita bajar el tren en emergencia. · Tren de aterrizaje accionamiento normal (trabaja con Hidráulico 1): Palanca de tren abajo. Sin indicaciones de luces verdes de tren abajo. ·Tren de aterrizaje accionamiento de emergencia (trabaja con Hidráulico 2): Manija de accionamiento de emergencia afuera. Luces de tren apagadas, indicando tren arriba. Volar un avión de combate reviste cierta complejidad, en los que no se dispone de mucho margen para la improvisación. Ante una anormalidad, todo se encuentra escrito en claros procedimientos de emergencia, los que estudiamos de memoria como una poesía. ¿La razón? En vuelo es imposible abrir una libreta y poder leerlos. El único camino para llegar a una inmediata y certera reacción, es tenerlos bien grabados en la cabeza. Otra gran ayuda, es la práctica en el simulador de vuelo, facilidad con que contaba la VI Brigada Aérea, y como si esto fuera poco, en muchas oportunidades leíamos Resoluciones de Accidentes, analizando emergencias reales que sucedieron en el mismo tipo de avión. La metodología y preparación ante un hecho imprevisto es muy buena. Hasta ese momento, podría decirse que ya había desojado varios pétalos de la margarita, ¡pero todavía quedaba uno más, de acuerdo al manual del avión! Cuestionario ·Pregunta: ¿El Mirage puede aterrizar sin tren? ·Respuesta: ¡Lamentablemente está prohibido! ·Pregunta: ¿Por qué? ·Respuesta: Un tanque de combustible que se encuentra en la parte ventral del avión, es el culpable. Se encuentra debajo del motor, justo en cola. Al aterrizar con 6º de nariz arriba o más, la cola es lo primero que toca, haciendo contacto en el mismo lugar donde se encuentra el mencionado tanque. En el impacto, con seguridad se generaría un incendio de magnitud y una explosión, poniendo en riesgo la vida del piloto.
Agotando hasta el último recurso
Lo primero que hago, es informar a la Torre de Vuelo la causa por la que procedería a eyectarme en minutos. Coloco viraje y rumbo hacia la Zona de Eyección Controlada, trayectoria prevista para evitar que el avión caiga en zona poblada y produzca daños a ciudadanos. Manteniendo una velocidad de 270 nudos o 500 Km/h y una altura de 3.000 pies o 914 metros, siguiendo el procedimiento escrito, hago lo que ningún piloto quiere hacer por nada del mundo en vuelo, ¡Corto el motor!
Era la primera vez que dejaba de sentir ese lindo rugido que le daba empuje al Mirage mientras se encontraba en el aire, ¡Todo lo que sucedía era muy extraño!
La imagen del impacto de “Goose” contra la cabina y posterior muerte durante la eyección desde un F-14 Tomcat, en la película Top Gun, quedó grabada a fuego en mi mente. Desde aquel lejano momento, en la sala de un cine, había decidido que a mí no me iba a pasar lo mismo en caso de salir expulsado desde un avión de combate ¡Y así fue!
En el lugar indicado, y cuando el avión planeaba como un piano, lo primero que hice fue eyectar la cúpula. Tire fuerte de la palanca metálica que acciona el cartucho eyector, provocando la expulsión. Mediante una rápida detonación se fue ese cascaron transparente que hasta ese momento me protegía. El olor a pólvora invadió la cabina, de allí en más, pasó a ser como un convertible descapotado. Sentía el ruido del viento que pasaba sobre el parabrisas, el que hacia sombra aerodinámica y protegía mi cara, evitando que el aire de impacto pegara sobre el rostro.
En un descenso pronunciado y no muy lejos del piso, mientras con la mano derecha sostengo el comando de vuelo del avión, mantengo la velocidad de planeo con las alas niveladas. Acomodo bien recta columna vertebral pegada al respaldo del asiento, buscando evitar daños físicos durante la fuerte aceleración, en momentos que con la mano izquierda tiro hacia abajo fuertemente la manija de eyección superior.
El segundo que tarda en accionarse el motor cohete, les confieso que fue eterno. En momentos que pensaba que no había funcionado, ¡de repente! Sentí el rigor de las 12 “G” progresivas en todo el cuerpo, y de allí en más fue todo un sueño.
La oscuridad de la semiinconsciencia se apodero de mí. Un fuerte dolor en la espalda me invadió y sentía como estar en una pesadilla. La cantidad de gravedades que fueron aplicadas en un cuerpo muerto, pero con vida, provocó que el cerebro quedara vacío de sangre por acción de las fuerzas “G”, afectando indefectiblemente los 5 sentidos, perdidos transitoriamente y de forma instantánea, ¡Fue como un sueño en una profunda y larga oscuridad, donde nunca perdí la conciencia! Sentía que daba vueltas en el espacio, pero no veía ni percibía nada, fue como navegar en las tinieblas a ciegas.
Sin sentirlo ni saberlo, mi cuerpo vacío de fuerza, sujeto al asiento eyectable gracias a la acción de los arneses, se elevó hacia el cielo, inmerso en un aire gélido.
El motor cohete había funcionado a la perfección, expulsándome desde el cockpit a un imaginario espacio sideral. Los giros eran continuos, los que recién cesaron ante la acción de un pequeño paracaídas extractor, colocado a tal efecto. De allí en más comenzó una caída estabilizada, el paracaídas principal se abrió de inmediato por obra y gracia de unas cápsulas aneroides, instaladas para detectar una altura inferior a los 3000 metros, donde el piloto puede respirar oxígeno exterior sin ayuda del sistema de emergencia adosado al asiento. En ese momento y de manera simultánea, se produce la separación del asiento de metal de mi cuerpo, quedando sujeto solo al paracaídas gracias a los arneses. Del arnés salía una larga soga que me unía al bote salvavidas y equipo de supervivencia.
La alegría de vivir dura solo por un momento
Cuando la sangre regresó lentamente a la cabeza, y ante la disminución paulatina de la enorme fuerza “G” inicial, el primero en regresar fue el oído ¡Comencé a escuchar algo!, era un sonido de viento, se trataba del aire que impactaba contra el pequeño velamen del paracaídas. Primer indicio que no era un sueño y una muy buena noticia, ¡estaba vivo!
En segundo término, llegó la recuperación de la vista, y a partir de este momento, comenzó a funcionar la tan esperada conciencia situacional.
El rompecabezas de una mente totalmente turbada comenzaba a acomodar las piezas en los lugares correctos. La alegría también hacia su aparición, invadiendo el alma por completo e inyectando ánimo mezclado con adrenalina.
Puedo afirmar que duró poco la euforia, al darme cuenta que el “juego por sobrevivir” no había terminado. El final de esta historia todavía no estaba resuelto ¡había que seguir peleándola, y espíritu de lucha era lo que me sobraba!
Estaba colgando de un paracaídas que nunca había aprendido a usar, tiritando de frío y con la presión corporal muy baja por el cambio abrupto de temperatura al abandonar la cabina.
Por instinto, lo primero que hago es observar hacia donde se proyectaba la trayectoria de planeo. Sabía que con un paracaídas tan chico que caía como una piedra, hacerlo sobre árboles sería casi mortal, el agua tampoco se presentaba como una opción amigable, siempre pensando a full en tratar de minimizar los daños físicos en el encontronazo con la dura tierra.
El paracaídas se bamboleaba de manera continua, esto sucedía por el movimiento del bote salvavidas, provocando una situación incómoda. De los pies hacia el piso, por fortuna, veía solo tierra. Al no necesitar nada para flotar, agotando parte de la cuota de lucidez disponible, desabrocho la hebilla de unión a los elementos del equipo de supervivencia, entre ellos el bote. De allí en más se normaliza la caída ¡un problema menos!
Por suerte, mientras voy cayendo y el terreno se va acercando, observo con más nitidez que debajo de mis borceguíes marrones con punta de acero, se encuentra un enorme campo arado, la mejor opción al momento del impacto. ¡Otra a favor!, escucho el sonido del helicóptero salvador, al que no veía, pero sabía que estaba y permitiría un rescate inmediato.
La próxima prueba a superar era todo un enigma, la causa, nunca había practicado paracaidismo. La preocupación principal en ese momento era calcular el instante del impacto y tratar de amortiguar el fuerte golpe contra un terreno irregular. El único dato disponible estaba relacionado al tamaño del paracaídas, era pequeño y descendía muy rápido, esperando un golpe fuerte.
El improvisado método de cálculo consistía en colocar la línea de vista en el horizonte, buscando apreciar la cercanía al piso, y momentos antes del impacto, preparar el cuerpo buscando amortiguar el encontronazo previsto en el aterrizaje, ¡pero fue inútil! Cuando creía que todavía quedaba algo de altura, para mi sorpresa, me lleve el piso por delante. En un golpe seco al estilo knockout, ambas rodillas pegaron violentamente contra la mandíbula. En consecuencia, quedé desparramado en el piso con un dolor intenso en el omóplato derecho, rodeado de terrones de tierra seca y arada.
Volver a vivir
Como pude, desabroche la hebilla que me unía al paracaídas, esto sucedida en el mismo momento en que aterrizaba el helicóptero de búsqueda y salvamento, comandado por el Teniente Ferrari, quien me llevaría de la manera más rápida a la VI Brigada Aérea. Arrastrándome y luego caminando llegue al helicóptero, de donde salieron unos fuertes brazos, y de un tirón me introdujeron en la cabina.
Luego de un despegue polvoriento y rápido, ya en vuelo, no importaban los dolores, solo pensaba en ver a mi familia.
En la aproximación al aterrizaje mantenía un profundo silencio, disfrutando solo por un instante de una tremenda paz. Todavía aturdido, tratando de procesar todo lo que había pasado, levanto la cabeza con la poca fuerza disponible, y observo en la aproximación al aterrizaje, a un nutrido comité de bienvenida frente al Hangar Nº2, todos con cara de preocupación.
Al apoyar los pies y dar los primeros pasos sobre una plataforma gris de concreto, al primero que encuentro lo abrazo paternalmente a modo de desahogo, y de inmediato comienzo un llanto necesario y desconsolado. Lágrimas de alegría corrían por mi rostro, celebrando de una manera no muy ortodoxa la nueva oportunidad que Dios me brindaba de seguir con vida y de continuar disfrutando de mi familia.
De inmediato partimos para el Grupo Aéreo, brindis cortito y luego rumbo a la ciudad al encuentro más deseado, con mi esposa y mis 4 hijos. Luego de un encuentro muy emotivo y al ver que estaba entero, parto hacia una clínica para realizarme un chequeo médico general. Después de una prolongada espera, llegan los resultados, nada importante que justificara una internación.
Ante un nacimiento, ¡les aclaro que los eyectados nacen por segunda vez!, es tradicional reunirse junto al resto de los camaradas y esposas. Esta vez la fiesta de cumple años con tinte aeronáutico, tuvo lugar en nuestro hogar junto a toda mi familia, rodeado de mis afectos, donde no faltó la soplada de velita, brindis y abrazos bien fuertes.
Luego de una semana en familia, llega el psicofísico, el que incluía una visita al Comité de Accidentes, grupo de notables de la medicina aeronáutica, que luego de variados chequeos, estudios y muchas preguntas, determinaron: interacción cuerpo y cerebro, en un estado óptimo, en otras palabras, ¡estaba listo para abandonar el nido y volar con mis propias alas nuevamente!
Como si nada hubiera pasado, con una autoestima por las nubes, en apenas 15 días, abordo de otro Mirage M-5 Mara impecable y utilizando mí nueva vida, esta vez en Mendoza, partí con la moral bien alta a surcar una vez más el cielo argentino, con mucha más fuerzas y feliz de pertenecer a la gloriosa y amada Fuerza Aérea Argentina.
Aunque no lo crean, y luego de casi 21 años, escribo este relato sentado en el mismo asiento eyectable que me salvó la vida. Lo encontraron al día siguiente de la eyección. El héroe estaba clavado y desahuciado en una laguna de un campo cercano. Por su descollante actuación no se merecía morir herrumbrado como chatarra ¡Y volvería a ser útil! Siempre anhelé tener uno antes que sucediera esta interesante historia. Ni bien dieron aviso de su hallazgo, reclamé la soberanía del valeroso amigo que se la jugó a todo o nada. Reconocido el legítimo derecho de posesión, la cesión fue sin discusión y de forma inmediata. Un cirujano y su cincel, le supieron dar vida y una función distinta. Encastrado en una firme estructura de madera, apoyado sobre ruedas y luciendo confortables apoya brazos, ocupa un lugar de privilegio en un cálido rincón aeronáutico y hogareño. Desde hace tiempo pasó a ser un integrante más de la querida familia, merecimiento justificado para semejante trofeo. Hoy, mucho más joven que antes de eyectarme, estoy por cumplir la mayoría de edad en la nueva vida, ya lejos del añorado Mirage y disfrutando del merecido reposo del guerrero. Luego de este interesante relato, no se me ocurre otra cosa que gritar con mucha fuerza esa frase que nos enseñaron de chiquitos y nos identifica: !NO HAY QUIEN PUEDA, CARAJO!










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